Al brasero.

Sentados alrededor de una buena mesa, comiendo, tomando unas copas, las cosas se ven de otra manera. La vida es menos dura, el futuro menos incierto. Las ideas, las palabras de todos los presentes tienen poder para arreglar este mundo que cada día tiene menos arreglo. Van a llevar a primera a ese equipo que renquea cada año para no descender de segunda, van a curar las heridas amorosas de ese amigo que susurra su tristeza, van a traer con ellas la esperanza en ese décimo compartido, único remedio de todos nuestros males.Y si hay de por medio un brasero, el momento se alarga, se estira, se despereza.

 Lo que hacen la comida caliente y el buen vino con nuestro estómago y nuestro estado de ánimo, lo hace el brasero con nuestros pies, y de ahí para arriba. Porque los pies, ya se sabe, toman el timón de nuestra temperatura: anden ellos calientes, todo lo demás también. Quizás las manos, independentistas y autónomas, siguen guardando su propio hielo, pero una vez que sueltan el tenedor, acaban yendo al resguardo de la faldilla; que por otra parte, puede ser el refugio ideal para mandar mensajes secretos al comensal de al lado.

Y es que, donde esté el brasero, que se quite todo lo demás. Quizás si usted, lector, proviene de otros fríos más civilizados, podrá señalar las ventajas del suelo radiante, los tabiques térmicos, emisores de calor o simplemente, la calefacción tradicional, pero una vez que pruebe este sistema, siempre le faltará algo, por muy climatizado que esté su mundo. Es un calor distinto, que invita a acurrucarse, a la conversación, aunque sea solo por la cercanía de las cabezas en torno a la mesa, y porque el frío que se extiende más allá de los dominios de la faldilla te impide permanecer mucho tiempo levantado, lejos del círculo de comadres que alarga las sobremesas.

En La Tertulia hay calefacción, no se crean, no hace falta que se levanten dando saltitos de pingüino para ir al baño cuando el grajo vuele bajo y haga un frío del carajo, cuando los días de otoño dejen paso al viento helado del norte y se vaya ese sol de invierno que no acaba de calentar del todo la terraza. Pero nuestro comedor tiene también cuatro mesitas con brasero, cuatro camillas para que nuestro cocido sea auténticamente extremeño, para que dé gusto salir a fumar sabiendo que el termostáto podal volverá a su punto óptimo en un par de minuto. Para refugiarse de un puente lluvioso, un día de perros, o disfrutar simplemente del calor del amor en un bar.

*** La foto destacada es la imagen de un piconero (José Pérez de la Haba, último piconero cordobés en este caso), y pertenece al Diario de Córdoba. Los piconeros eran vendedores ambulante de picón para braseros, que con su burro pregonaba la mercancía de esquina en esquina. Mucho han cambiado las cosas desde entonces: los braseros son en su mayoría eléctricos y los piconeros que quedan van en furgoneta y con megafonía incorporada.

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